corrí hacia la izquierda otra vez, luego crucé por un espejo.
Sí, estoy seguro de que era mi reflejo, y que atravesé a
mi figura. Era más bien una ilusión porque podía cruzar
cuantas veces quisiera.
Del otro lado se me ofrecían calles por explorar,
puertas; unas altas, otras más bajas, unas imposibles de
ingresar para una rata; más pasillos oscuros, y a mis espaldas,
el espejo.
Elegí una puerta gris, aunque no parecía la mejor opción,
era un camino de tierra y piedras que pisaban mis pies;
estaba subiendo una montaña.
En el camino vi dos serpientes, una estaba mudando de piel,
la otra se escondía entre las rocas. Preferí seguir hasta alcanzar la superficie,
mientras me seguía el recuerdo del desprendimiento que tuvo ese animal de sus tejidos.
Mis ojos iban fijos al frente, la idea de hallar una cueva no parecía mal
pero allá en la cumbre me sentiría mejor, o al menos eso creía.
Así que soporté la intriga,
el cansancio que hacía temblar mis piernas,
los sonidos extraños de la naturaleza
que me hacían girar la cabeza con pavor
y el clima tan frío, que no se sentía demasiado
por el ejercicio de caminar, caminar y seguir caminando.
Estaba por rendirme y hasta pensé lanzarme al vacío,
pues la altura era suficiente para deshacerme de mi cuerpo
y aparecer en otro lugar que no sea ese, o quizás a ninguno y sólo desaparecer,
pero en el camino volví a ver mi reflejo en un espejo,
y desde ese entonces me pregunto
cuántas veces lo he cruzado
sin darme cuenta.